No todos los duelos empiezan con una muerte: pérdidas que también necesitan tiempo

Hay pérdidas para las que parece existir un permiso social para estar mal. Cuando fallece una persona querida, nuestro entorno entiende que necesitamos tiempo, que algunos días serán difíciles y que habrá momentos en los que no podremos comportarnos como si nada hubiera ocurrido.

Pero hay otras pérdidas que no siempre reciben la misma comprensión.

Una relación que termina. Una amistad que desaparece. Un proyecto de vida que ya no podrá ser. Un cambio familiar importante. Dejar atrás una ciudad, un trabajo o una etapa que había formado parte de nuestra identidad durante años.

Nadie ha muerto y, sin embargo, algo importante ha dejado de existir tal y como lo conocíamos.

Y eso también puede doler.

El duelo no está determinado únicamente por aquello que perdemos, sino también por el significado que esa pérdida tenía para nuestra vida.

¿Qué entendemos realmente por duelo?

El duelo es el proceso de adaptación que podemos experimentar después de una pérdida significativa.

No todas las personas lo viven igual, ni todas las pérdidas generan la misma respuesta. Tampoco existe una manera correcta de sentir.

A veces aparece una tristeza evidente. Otras veces lo que sentimos es rabia, culpa, miedo, desorientación o una sensación difícil de explicar: sabemos que nuestra vida continúa, pero sentimos que una parte importante de ella se ha quedado detenida.

También puede ocurrir que durante algunos momentos nos encontremos relativamente bien y, de repente, una conversación, una fecha, un lugar o un recuerdo vuelva a conectar con la pérdida.

El proceso no suele ser lineal.

Y entender esto es importante porque tener un día difícil después de haber empezado a encontrarnos mejor no significa necesariamente que estemos retrocediendo.

1. Cuando pierdes a una persona importante

La muerte de una persona querida es probablemente la situación que asociamos de manera más inmediata con el duelo.

La pérdida no implica únicamente su ausencia.

También desaparecen conversaciones, rutinas, planes, celebraciones, formas de relacionarnos e incluso pequeños detalles cotidianos que quizá nunca habíamos considerado importantes hasta que dejan de estar.

Por eso algunas fechas pueden resultar especialmente difíciles: cumpleaños, aniversarios, Navidad, vacaciones o acontecimientos en los que esperábamos que esa persona estuviera presente.

Con el paso del tiempo podemos ir adaptándonos a esa nueva realidad, pero adaptarnos no significa olvidar.

El vínculo puede continuar formando parte de nuestra historia, aunque nuestra manera de relacionarnos con él tenga que cambiar.

2. Cuando una relación termina, aunque tú no quisieras que terminara

Una separación o un divorcio también puede desencadenar un proceso de duelo. Porque cuando termina una relación no perdemos únicamente a una persona.

Podemos perder una rutina compartida, una casa, determinadas relaciones sociales, estabilidad económica, proyectos conjuntos y, especialmente, el futuro que habíamos imaginado.

A veces el dolor resulta todavía más confuso porque la otra persona continúa existiendo.

Podemos verla, saber de ella o incluso tener que mantener el contacto cuando existen hijos o hijas en común.

No hay una ausencia física definitiva, pero sí ha desaparecido la relación tal y como la conocíamos.

En estas situaciones es frecuente preguntarse una y otra vez qué ocurrió, qué podríamos haber hecho de otra manera o si todavía existe alguna posibilidad de recuperar lo perdido.

Aceptar el final puede necesitar tiempo.

Y cuando una relación atraviesa dificultades antes de llegar a ese punto, contar con ayuda profesional también puede permitir comprender qué está ocurriendo. En nuestro artículo sobre terapia de pareja en Jerez hablamos precisamente de las señales que pueden indicar que una relación necesita ayuda antes de que el conflicto se haga cada vez mayor.

3. Cuando termina una amistad que pensabas que duraría siempre

Hay amistades que nos acompañan durante años y forman parte de etapas fundamentales de nuestra vida.

Sin embargo, cuando una amistad termina, el dolor que provoca puede quedar bastante invisibilizado.

No siempre existe una despedida clara.

A veces simplemente dejamos de hablar. Aparece un conflicto que nunca llega a resolverse. Cambian las circunstancias. Una de las personas se distancia. O descubrimos que una relación que considerábamos recíproca ya no lo es.

Y resulta extraño explicar que estamos atravesando un momento difícil porque hemos perdido una amistad.

Puede aparecer incluso la sensación de que “no debería afectarme tanto”.

Pero la importancia de un vínculo no depende de la etiqueta que le pongamos.

Si esa persona ocupaba un lugar importante en nuestra vida, perder esa relación puede requerir también un proceso de adaptación.

4. Cuando pierdes el futuro que habías imaginado

No siempre hacemos duelo por algo que tuvimos. También podemos hacerlo por algo que esperábamos tener.

Hay momentos en los que nuestra vida toma una dirección diferente de la que habíamos imaginado.

Un proyecto que no sale adelante. Una expectativa familiar que cambia. Una relación que no evoluciona como esperábamos. Una oportunidad que desaparece. Un plan alrededor del cual habíamos construido buena parte de nuestro futuro.

Desde fuera puede resultar difícil comprender esa pérdida porque aparentemente «no ha pasado nada».

Pero sí ha ocurrido algo.

Tenemos que despedirnos de una posibilidad que habíamos incorporado a nuestra vida.

Y algunas veces lo difícil no es solamente aceptar lo que ha sucedido, sino empezar a preguntarnos:

¿Y ahora qué?

Reconstruir expectativas también forma parte de algunos procesos de duelo.

5. Cuando termina una etapa de tu vida

Hay cambios que deseamos y que, aun así, pueden remover muchas emociones.

Cambiar de ciudad.

Dejar un trabajo después de muchos años.

Jubilarse.

Ver cómo los hijos o hijas crecen y abandonan el hogar.

Cerrar un negocio.

Cambiar nuestra forma de vida.

Incluso cuando sabemos que el cambio es positivo, podemos echar de menos aquello que dejamos atrás. Esto puede resultar desconcertante:

“Si esto es lo que quería, ¿por qué estoy triste?”

Porque podemos sentir ilusión por lo que empieza y tristeza por lo que termina al mismo tiempo.

Una emoción no invalida la otra.

Adaptarnos a una nueva etapa también puede implicar recolocar quiénes somos dentro de ella.

6. Cuando los y las demás no entienden por qué sigues estando mal

Una de las partes más difíciles de algunas pérdidas aparece cuando nuestro entorno considera que ya deberíamos haberlas superado.

“Ya ha pasado bastante tiempo.”

“Tienes que seguir adelante.”

“Seguro que encuentras a otra persona.”

“Era solo un trabajo.”

“Las amistades van y vienen.”

Muchas de estas frases se dicen intentando ayudar, pero pueden producir exactamente el efecto contrario.

La persona no solo tiene que gestionar su pérdida, sino que empieza a preguntarse si está sintiendo demasiado.

Y entonces puede dejar de hablar.

Puede aparentar encontrarse mejor.

Puede evitar expresar determinadas emociones para no preocupar o cansar a quienes tiene alrededor.

Cuando una pérdida no es reconocida por nuestro entorno, resulta más difícil encontrar espacios donde poder vivirla con naturalidad.

Por eso es importante recordar algo sencillo:

no necesitas justificar por qué algo te duele para que ese dolor sea válido.

7. El tiempo ayuda, pero no siempre hace todo el trabajo

Probablemente hayas escuchado alguna vez que “el tiempo lo cura todo”. El tiempo puede ser necesario, pero no actúa por sí solo.

Durante un proceso de duelo vamos intentando comprender lo ocurrido, reorganizar nuestra vida, adaptarnos a determinadas ausencias y recuperar progresivamente espacios que habían quedado paralizados.

En algunos momentos tendremos más recursos para hacerlo y en otros necesitaremos apoyo.

Por eso quizá la pregunta no debería ser:

“¿Cuánto tiempo tiene que durar un duelo?”

Sino:

“¿Qué está ocurriendo con mi vida mientras atravieso esta pérdida?”

Ahí encontramos información mucho más útil.

8. ¿Cuándo deja de bastar el tiempo?

Sentir tristeza después de una pérdida no significa automáticamente necesitar terapia.

Tampoco existe una fecha concreta a partir de la cual debamos acudir a un profesional. Lo importante es observar cómo está afectando la pérdida a nuestra vida y cómo evoluciona ese impacto.

Puede ser recomendable buscar acompañamiento psicológico cuando sentimos que el dolor nos impide progresivamente continuar con nuestro día a día; cuando nos aislamos durante largos periodos; cuando la culpa ocupa constantemente nuestros pensamientos; cuando evitamos cualquier situación que pueda recordarnos lo ocurrido o cuando sentimos que nuestra vida ha perdido completamente su dirección.

También cuando utilizamos determinadas conductas para intentar no sentir, cuando las dificultades para dormir o alimentarnos se mantienen o cuando, sencillamente, sentimos que no sabemos cómo continuar solos o solas con aquello que estamos viviendo.

No hace falta esperar a encontrarnos en nuestro peor momento.

Pedir ayuda también puede ser una decisión preventiva.

9. ¿Qué se trabaja en terapia cuando estamos atravesando una pérdida?

Ir a terapia no tiene como objetivo conseguir que dejemos de echar de menos. Tampoco olvidar lo sucedido.

El trabajo psicológico puede ayudarnos a comprender nuestras emociones, identificar aquello que está dificultando la adaptación y encontrar recursos para reconstruir progresivamente nuestro día a día.

En ocasiones habrá que trabajar la culpa. En otras, la rabia.

Puede ser necesario hablar de conversaciones que quedaron pendientes, de cambios familiares, de miedo al futuro o de la sensación de haber perdido una parte de nuestra identidad.

Cada proceso necesita un espacio diferente porque cada pérdida tiene una historia detrás.

El objetivo no es eliminar esa historia.

Es conseguir que podamos integrarla sin que determine permanentemente nuestra capacidad para continuar viviendo.

10. Seguir adelante no es traicionar lo que has perdido

Esta idea merece un espacio propio.

Después de determinadas pérdidas podemos sentir culpa cuando empezamos a encontrarnos mejor. Volvemos a disfrutar de algo, nos reímos, conocemos a otra persona, hacemos nuevos planes…

Pasamos un día entero sin pensar constantemente en aquello que ocurrió.

Y puede aparecer una sensación extraña:

“¿Significa esto que ya no me importa?”

No.

Recuperar nuestra vida no disminuye la importancia de aquello que hemos perdido. Podemos conservar recuerdos, aprendizajes, afectos y partes importantes de una etapa mientras construimos otras nuevas.

Continuar no significa sustituir.

Y mucho menos olvidar.

Significa que nuestra vida empieza a encontrar espacio para algo más además de la pérdida.

Acompañamiento psicológico en Jerez de la Frontera

Si estás atravesando la pérdida de una persona querida, una separación, un divorcio o un cambio importante en tu vida y sientes que necesitas ayuda para adaptarte a esta nueva realidad, puedes contar con acompañamiento profesional.

En Crecer y Renacer, Alicia Holgado Fabero ofrece atención psicológica presencial en Jerez de la Frontera y sesiones online.

La terapia puede convertirse en un espacio en el que poder hablar sin tener que aparentar que ya estás bien, comprender qué está ocurriendo y trabajar progresivamente en la adaptación a aquello que ha cambiado.

Porque no todas las pérdidas son iguales y tampoco necesitamos afrontarlas todas de la misma manera.

No necesitas que los y las demás entiendan tu pérdida para reconocer que ha sido importante.

Hay despedidas visibles y otras que prácticamente nadie ve.

Algunas tienen un día concreto. Otras suceden lentamente.

Unas reciben abrazos, mensajes y comprensión. Otras apenas se cuentan.

Pero aquello que determina la importancia de una pérdida no es cuánto la entiende nuestro entorno.

Es el lugar que ocupaba en nuestra vida. Y si necesitas tiempo para recolocar ese vacío, ese tiempo también forma parte del proceso.

Gracias por llegar hasta aquí y dedicar unos minutos a comprender mejor esos procesos que, aunque a veces no se vean, también necesitan tiempo, cuidado y espacio. Gracias por formar parte de Crecer y Renacer. Nos vemos en el próximo artículo.

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